Para no perderse: La Noche de los Libros

Un libro es una puerta a un universo diferente. Es la invitación a conocer otras vidas, otras formas de relacionarse, otras formas de pensar y entender lo que nos rodea.
Un libro, para muchos, es un objeto de culto; un síntoma del fetichista más cultivado o de aquél que, no por más inculto que el anterior, los conserva por placer. El placer de tenerlo entre las manos, el placer de oler sus páginas, el placer de saber que ahí hay otras oportunidades. Oportunidades…

Para otros, un libro es un concepto un tanto abstracto que, como mucho -y junto a muchos otros-, se puede acumular en un dispositivo digital enfundado en una carcasa de diseño casual o bohemio. Depende de los gustos.

Un libro, al final -y al principio-, no es más y, a la vez, sí es más que todo eso. Más que una sucesión aparentemente ordenada de palabras con contenido clasificable en categorias infinitas (¡o no!), un libro es la representación feaciente de la necesidad que tenemos los seres humanos por conocer. Y no me digan que no es así, porque entraríamos en un serio debate. Más allá del narcisismo y la relativa necesidad de exposición de los autores (en los que me incluyo), todo aquel que en algún momento mira, toca, huele, sostiene, abre, hojea y ojea, lee, guarda, regala, compra, vende, siente e incluso piensa libros, lo hace por la genuina necesidad de conocer.

¿El qué?

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El tren convertido en película

Ahora, que se supone que debería comenzar el buen tiempo -e incluso hay días en que sí se puede disfrutar de un pequeño empacho de sol-, una no puede evitar pensar en la cantidad de planes que hacemos a la mínima que tenemos ocasión.

Los medios de comunicación anuncian que el tren está desvancando al avión como el medio de transporte preferido por los españoles para los viajes de media o larga distancia. Ya sea por vacaciones o por negocios. Y también está en nuestro día a día para ir a nuestro lugar de trabajo.

Tan integrado tenemos el tren en nuestras vidas que a veces no nos damos ni cuenta de que, en ocasiones, el tren es un personaje más de algunas de esas películas que guardamos en nuestra videoteca como «favoritas». O, si no favoritas, sí de esas que vemos y revemos y requetevemos.

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El terrible encantamiento del villano

Ultimamente no puedo parar de pensar en esa frase de «nos gustan los tipos malos«. Lejos de querer abrir un debate sobre la clase de hombres que nos gustan, no puedo evitar destacar el increíble atractivo de determinados personajes de ficción que son muy, muy malos… pero los adoramos.

Esa clase de personajes tienen su encanto cuando se da en pequeñas dosis: un libro, una película… algo finito y definido, acotado. Pero ¿qué ocurre cuando la dosis que recibimos de ese personaje se prolonga en el tiempo? Adicción. Simple y llanamente: adicción.

Hace no mucho le comenté a un conocido que me considero muy fan de las máscaras. Esos personajes que intentan mostrarse a sí mismos de una determinada manera para acabar desnudándose poco después, mostrándose tal y como son. Me encanta ese proceso por el cual nosotros, como espectadores, asistimos a ese acto de sinceridad. Cual voyeurs.

Esto último queda brutalmente comprometido cuando lo que tenemos ante nosotros es un personaje construido a partir de secretos. Cierto es que puede portar la mayor de las máscaras precisamente por eso, pero ese acto de sinceridad que culmina con el descubrimiento de su verdadero yo se pospone de forma infinita en pos del misterio, la intriga y la generación de expectativas.

Y ahí es donde los matices del personaje pueden enriquecerlo y hacerlo grande, o destruirlo hasta la mediocridad.

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