Los Oscars (cuando ya -casi- nadie habla de ellos)

No sé si tengo algo de rara avis, pero a menudo me ocurre que el verdadero sabor de una película es el que se me queda pegado al paladar y a la parte alta de mis sesos pasado cierto tiempo. Y quien dice una película, dice también un libro, una canción, una obra de teatro… O cualquier otra forma de expresión artística y cultural.

Quizá por ese motivo, casi dos semanas después de que tuviera lugar la esperadísima 88ª edición de los premios Oscars, heme aquí hablando y reflexionando sobre la ya históricamente conocida como La gala de los blancos.

Pasados ya unos cuantos días ¿sería justo decir que fue la gala de Leonardo DiCaprio y de las reivindicaciones?

La quiniela y los resultados

Tengo la sensación de que estábamos tan ansiosos porque el actor consiguiera el galardón y por ver qué ocurría con la polémica por la ausencia de nominados de color, que tan pronto como llegó la gala desapareció de nuestras retinas.

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De la miseria humana

Cuántas veces nos habremos encontrado inmersos en medio de un debate sobre la finalidad del cine. «Yo lo que espero del cine es que me entretenga y punto» o «el cine es cultura y una importante forma de comunicación, y como tal  tiene que ser reflejo de la realidad». No es difícil sentirse identificado con alguna de esas dos afirmaciones, aunque los puntos de vista son siempre múltiples y diversos.

En la lista de nominaciones de los Oscars, echando un vistazo muy por encima, encontramos muchas películas basadas en hechos reales. Independientemente del tono o la forma que adopten, al final acaban hablado de lo que somos. De lo que estamos hechos.

Dos de esas películas –El hijo de Saúl y La gran apuesta-, muy diferentes entre sí en un montón de aspectos, nos hablan a la cara y sin censura de la miseria humana. Seguir leyendo →