Los Oscars (cuando ya -casi- nadie habla de ellos)

No sé si tengo algo de rara avis, pero a menudo me ocurre que el verdadero sabor de una película es el que se me queda pegado al paladar y a la parte alta de mis sesos pasado cierto tiempo. Y quien dice una película, dice también un libro, una canción, una obra de teatro… O cualquier otra forma de expresión artística y cultural.

Quizá por ese motivo, casi dos semanas después de que tuviera lugar la esperadísima 88ª edición de los premios Oscars, heme aquí hablando y reflexionando sobre la ya históricamente conocida como La gala de los blancos.

Pasados ya unos cuantos días ¿sería justo decir que fue la gala de Leonardo DiCaprio y de las reivindicaciones?

La quiniela y los resultados

Tengo la sensación de que estábamos tan ansiosos porque el actor consiguiera el galardón y por ver qué ocurría con la polémica por la ausencia de nominados de color, que tan pronto como llegó la gala desapareció de nuestras retinas.

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Un dios salvaje

Cada mañana cuando suena el despertador y sacamos el pie derecho (o el izquierdo) de la cama, comienza un nuevo día. Cada nuevo día es una oportunidad para ser alguien. Uno elige quién quiere ser. Y, como suele ser habitual, cada mañana elegimos la máscara de lo que queremos ser, de quién queremos que la gente crea que somos. Abogados, gestores del patrimonio, profesores, vendedores… Esas pueden ser algunas de las máscaras. Otras podrían ser las de la mujer correcta o el hombre exitoso. O las que identifican a los padres como educadores a la vez que protectores de sus hijos.

Es bastante posible que cada una de esas máscaras, sea cual sea la que escojamos, hable de alguna manera de lo que realmente somos. De quiénes somos. Pero hay siempre una parte de nosotros, en mayor o menor medida, que decidimos no enseñar. Por educación, por cortesía, por prudencia… o porque no encajaría en ninguna de las otras máscaras que hemos elegido día tras día, y que componen la gran máscara que hemos decidido enseñarle a los demás.

Eso, aquéllo de lo que realmente estamos hechos, escapa al conocimiento de los demás por nuestra propia elección, y es el Dios Salvaje el que, cuando menos lo esperamos, decide que tiene que salir a la luz. Y mandar al cuerno todo lo que hemos construido (¿sabiamente?) sobre nuestra imagen, nuestra personalidad y nuestra reputación.

UDSalvaje

Un Dios salvaje

En eso consiste Un dios salvaje, escrita por Yasmina Reza e interpretada y reinterpretada sin caducidad, tanto en teatro como en cine, y que ahora se representa en Madrid en el Teatro Nuevo Apolo.

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¿Son importantes los premios?

El pasado 6 de febrero tuvo lugar la ceremonia de los premios Goya 2016: la gala del cine español por antonomasia. Por trigésima vez en su historia (y la nuestra) y casi como si del año nuevo se tratara, tocaba hacer balance del año y fijarse propósitos para el que estaba a punto de comenzar. Y no he podido evitar ponerme a pensar en eso precisamente. En todo eso.

Nos gustan los premios

Partiendo de mi amplia experiencia en este campo, o lo que es lo mismo, teniendo en cuenta que habré ganado en toda mi vida alrededor de… 1 premio, voy a intentar hacer una aproximación a lo que considero que es más relevante en el mundo de los galardones.

Hay mucho alrededor de las entregas de premios que genera, cuanto menos, curiosidad.

Así a simple vista, nos volvemos locos con los premios. Nos encantan los premios. Nos encanta que nos los den y, si no, particiar en las porras de todos a los que nosotros no optamos. Y ver las galas de entrega, si podemos, y luego comentarlas. Comentarlas “después de” pero también durante mucho tiempo “antes de”. Para eso hay que tener con quién, claro. Pero si no es así, en las redes sociales se mueve todo un mundo paralelo donde el sentido del humor es el rey -¡y cuánto se agradece comprobar que el sentido del humor español está en buena forma!-.

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De la miseria humana

Cuántas veces nos habremos encontrado inmersos en medio de un debate sobre la finalidad del cine. “Yo lo que espero del cine es que me entretenga y punto” o “el cine es cultura y una importante forma de comunicación, y como tal  tiene que ser reflejo de la realidad”. No es difícil sentirse identificado con alguna de esas dos afirmaciones, aunque los puntos de vista son siempre múltiples y diversos.

En la lista de nominaciones de los Oscars, echando un vistazo muy por encima, encontramos muchas películas basadas en hechos reales. Independientemente del tono o la forma que adopten, al final acaban hablado de lo que somos. De lo que estamos hechos.

Dos de esas películas –El hijo de Saúl y La gran apuesta-, muy diferentes entre sí en un montón de aspectos, nos hablan a la cara y sin censura de la miseria humana. Seguir leyendo