Veneno para ratones

Un salón. Tabaco. El pretexto de una cena. Un desconocido. Un quinqué. Whisky. Un par de periódicos. La codicia. Vino. La culpa. Tataki de atún. Venganza. Calor. Secretos.

Y siempre que hay secretos, también hay mentiras. Y vergüenza. Y miedo. O valentía.

Ningún desconocido.
Tres desconocidos.

Todos esos, y unos cuantos más, son los ingredientes de Veneno para ratones, de La Lirio Teatro. Sencilla y compleja al mismo tiempo, esta obra escrita y dirigida por Alberto F. Prados prorroga su estancia en La Pensión de las Pulgas.

Todo aquel que decide asistir a esta representación, debe hacerlo como un acto de voluntad de querer formar parte de algo. Si ése es tu caso, tienes que saber que no saldrás igual que entraste.

Si las paredes hablasen…

Los venenos de efecto retardado se caracterizan por que no actúan inmediatamente. Pueden permanecer en el cuerpo del infectado sin presentar síntomas durante un tiempo, hasta que comienzan a hacer efecto. Por lo general, letal.

Al entrar en ese salón de paredes empapeladas con flores violáceas, uno ya respira un ambiente cargado de algo poco halagüeño. Es un salón que en otro tiempo bien pudo ser señorial. Puede que sus habitantes hayan llegado a él por puro azar. Aunque, muy probablemente, de todos los ingredientes de esta historia, el azar sea el único que no ha sido invitado.

En un butaca está Diego. Está sentado. Lee. Su aparente indiferencia no es más que un rasgo más de su soberbia. Pero eso todavía no lo sabemos. Lo que sabemos de Diego a primera vista es la antítesis de lo que intuímos de Julia. Es su madre y se mueve por la casa como si cada metro ocultase una mina antipersona. Ella, dueña y señora de su casa, lleva puesto el traje de no ser nadie y se esconde más de sí misma que de los demás. Pero eso tampoco lo sabemos todavía. Y luego está Mau. Mauricio. Empresario con aires de suficiencia. Si les preguntásemos a Julia o a Diego sobre él, cada uno nos diría una cosa diferente. Aunque probablemente serían más certeras que las mentiras de Mau. Aunque esto, de nuevo, tampoco lo sabemos aún.

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Veneno para ratones. Fuente: La Lirio Teatro

En el salón de la Calle Huertas, 48, tiene lugar una cena. Julia la ha organizado con todo el esmero del mundo para que Diego y Mau se conozcan. Para ella es importante que su hijo conozca al primer hombre que entra en su vida desde la muerte de su marido. Diego no quiere formar parte de lo que él considera una pantomima, como no quiere formar parte de nada que esté relacionado con su madre. Sin embargo, Mau está muy interesado en acudir a esa cena. Para él es una oportunidad única teniendo en cuenta la dirección que lleva su vida. O al menos eso es lo que cree.

Pero eso, todo eso, es sólo lo que parece. La verdadera esencia de este encuentro nace de la necesidad de sacar el dolor, la vergüenza y la culpa enquistada, que con el tiempo se transformaron en sed de venganza. Nada de lo que ocurre es tan evidente como lo que parece a simple vista. Y nadie es quien cree ser.

Ahí empieza esta historia. Esa noche cambian sus vidas. Y con ellos estamos nosotros, sentados, intentando que nuestra respiración no tropiece con los puños cerrados de Diego, las lágrimas apenas contenidas de Mau o las verdaderas motivaciones de Julia.

Una cena “envenenada”

Uno de los platos favoritos de las lechuzas son los roedores. Su actividad principal tiene lugar por las noches: permanecen ocultas, en silencio, observando a sus presas esperando el momento adecuado para atacar. Aves nocturnas y misteriosas, son conocidas como las reinas de la noche.

En esta historia nadie tiene el derecho de decidir qué papel juega. Quién es el ratón, quién es la lechuza, quién pone el veneno y quién lo traga sin rechistar, es algo que se viene fraguando desde hace mucho tiempo. El encuentro no es más que el detonador (que no el detonante).

El veneno va pasando de manos sin ser conscientes de que lo traen consigo desde hace tiempo.

[…] nunca puede uno subestimar el poder de un cocinero que tiene a su alcance todos los ingredientes para elaborar la cena perfecta. Y menos si el cocinero es, además, madre.

Diego está seguro de ser un claro vencedor en una dictadura donde él mismo se ha autoproclamado Ser Supremo. Él marca la pauta. Las cosas han de suceder como él determine. Lo que no quiere entender es que en esta historia, su historia, la arrogancia y la prepotencia tan solo conducen a la ceguera. Y la ceguera no es buena compañera en una historia de cazadores y cazados.

Mau lleva un saco cargado de demasiadas manzanas podridas. Con apariencia de galán, entra por la puerta como si de un triunfador se tratase. Pero muy poco después de llegar siente la inquietud y el miedo de quien creía que era un depredador y se ha convertido en la cena de alguien. Intenta darle la vuelta a la tortilla. Pero, en su caso, son la impaciencia y la claustrofobia los que le llevan al error. La ansiedad o, mejor dicho, el ansia, es su verdadero enemigo.

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Julia y Mau en Veneno para ratones. Fuente: La Lirio Teatro

Julia es la cocinera. Fue sirvienta en su día y, por momentos, su actitud deja entrever que no ha sido capaz de deshacerse de ese mandil. Pero nunca puede uno subestimar el poder de un cocinero que tiene a su alcance todos los ingredientes para elaborar la cena perfecta. Y menos si el cocinero es, además, madre. Las madres no dan portazos. Ni hacen aspavientos. Rara vez gritan… Todo apunta a que las riendas de su vida están en manos de otro y el ser consciente de ello la convierte en un cazador más. Y, si cabe, aún más peligroso que los otros dos. Está dispuesta a todo, aunque sus armas no sean tan evidentes.

Pero en esta historia, nadie gana. Por más razones que uno pueda llegar a buscarse, por más que encuentre justificaciones de toda clase… ¿qué sentido tiene apostar por el todo vale cuando ni siquiera atiendes a lo que ganas o a lo que pierdes? ¿Cuál es el mérito de fingir durante toda tu vida ser quien no eres y tener lo que no tienes? ¿Dónde está el límite entre la legitimidad de la defensa propia y la devastación de los demás?

El efecto retardado de una intoxicación espontánea (y voluntaria)

Si esta obra de teatro se tradujera en un golpe sobre nuestras cabezas, el resultado del impacto sería un politraumatismo con efectos de lo más variado (algunos aún por descubrir).

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Cartel de Veneno para ratones. Fuente: La Lirio Teatro

La primera e indiscutible sensación que uno tiene es que de aquéllo no es posible escapar. Y si se sale de ésa, habrá que asumir las consecuencias. Uno no es un simple espectador en esta reunión tan atípica. Esos personajes, por mucho que lo parezca, no están ahí por azar. Y muy probablemente tú tampoco. Entras como testigo y, en segundos, te conviertes en cómplice. Con sus luces y sus sombras, aunque más con sus sombras, ya que las fortalezas son suyas, que para eso se las han ganado.

Y después, el nudo en el estómago. Cuando la luz se apaga y el aroma a tabaco ya no es ambientación, sino que se te ha colado debajo de las uñas y se ha escondido entre los escombros de lo que creías que era tu sistema de valores, lo más parecido que sientes es un estado de shock. Resulta complicado levantarse de un asiento que nunca fue tuyo, pero que durante poco más de una hora te concedió el privilegio y la responsabilidad de ser más que un invitado en esa mesa donde nunca nadie cenó.

Pero, sobre todo, lo que uno ve en Veneno para ratones es Verdad. Y cuando uno ve y siente esa verdad, es un regalo.

Veneno para ratones es una obra cargada de sentimientos. Donde sentir es que los deseos más oscuros y las motivaciones más perversas se apoderen de ti y te desnuden a lo largo de toda una vida, para acabar encontrándote en pelotas en medio de un salón cualquiera de Madrid.

Alberto F. Prados es el autor y director de esta obra que difícilmente puede dejar indiferente. Y sus pequeños roedores no son ni pequeños ni roedores. Isabel Ampudia, Mauricio Bautista y Sergio Pozo hacen un trabajo impresionante a base de contención, de intensidad y de sensibilidad. Pero, sobre todo, lo que uno ve en Veneno para ratones es Verdad. Y cuando uno ve y siente esa verdad, es un regalo.

Lo mejor de todo, es que en esa cena sí tiene lugar una infección. Pero no en ellos, en nosotros. Su efecto, como el veneno para ratones, es retardado. Aunque en este caso no mata, sino que permanece en el organismo de forma ilimitada.

La decisión de ir a verla es sólo vuestra. Avisados estáis.

(Pero si lo hacéis, será para bien).

 

 

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